Vol. 7 Núm. 1 (2020)

La función social de la empresa en el ordoliberalismo y la economía social de mercado. Aportes para una conceptualización del neoliberalismo

Pablo Martín Méndez
Doctor en Filosofía y licenciado en Ciencia Política. Investigador asistente del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) y docente-investigador asociado de la Universidad Nacional de Lanús, Argentina

Código DOI:

10.15691/07194714.2020.003

Páginas

63-93

Publicado

Jun 22, 2020

Palabras Claves

Resumen

El ordoliberalismo y la economía social de mercado ocupan un importante lugar en la historia del neoliberalismo. No obstante, sus propuestas han recibido una escasa atención por parte de los estudios críticos vigentes. Este artículo interroga la función de la empresa en el marco discursivo de ambas corrientes de pensamiento. Para ello, se sirve de los principios teórico-metodológicos de Laclau y Mouffe, el análisis de lo
social de Donzelot y los estudios sobre la gubernamentalidad de Foucault. Se trata de reconstruir una modalidad de enunciación donde la empresa no funciona como simple equivalente de la competencia de mercado, sino como un elemento semántico vinculado a la problematización del lazo social, la definición de antagonismos políticos y la determinación de metas gubernamentales. El propósito fundamental consiste en ampliar aquellas conceptualizaciones que reducen el neoliberalismo a un fenómeno económico, sin considerar los alcances sociales del mismo. A través del ordoliberalismo y la economía social de mercado, se verá en cambio que los proyectos neoliberales son un intento de respuesta a la cuestión social heredada del siglo XIX. El núcleo de esa respuesta es la pequeña y mediana empresa, cuya forma organizativa contrapesa por un lado al capitalismo de masas y sus supuestas tendencias patologizantes, mientras que, por el otro, posibilita una articulación más “saludable” entre las relaciones sociales y los principios de la competencia de mercado. Lo que se proyecta entonces no es sólo una forma de regulación económica, sino ante todo una forma de regulación social.

Citas

1 Las formas de emergencia y difusión de las ideas neoliberales vienen siendo objeto de estudio desde, por lo menos, las últimas tres décadas. Aquí sólo podemos citar algunas de las investigaciones más representativas en función de sus distintos enfoques teóricos y metodológicos, entre ellas Davies
(2014), Duménil y Lévy (2004), Harvey (2007), Laval y Dardot (2013) y Mirowski y Plehwe (2009). Para el caso de América Latina, y más particularmente de Argentina, Borón, Gambina y Minsburg (1999), Grimson (2007), Morresi (2011), Murillo (2016) y Ramírez (2013). Acerca de las diferentes escuelas y corrientes de pensamiento que conforman al neoliberalismo, hay un interesante estudio en Peck (2008).
2 La denominación “ordoliberalismo” procede del anuario alemán Ordo: Jahrbuch für die Ordnung von Wirtschaft und Gesellschaft [Ordo: Anuario para el Orden de la Economía y la Sociedad], fundado en 1948 por un grupo de economistas y juristas provenientes de la Escuela de Friburgo, como
Franz Böhm, Leonhard Miksch, Hans Grossmann-Doerth y Walter Eucken. La “economía social de mercado” [Soziale Marktwirtschaft] tiene una aparición más tardía, conformándose entre las décadas de 1950 y 1960 a instancias de Alfred Müller-Armack y Ludwig Erhard, quien fue ministrode Economía y posteriormente canciller de la República Federal de Alemania durante el mismo período. Entre otros intelectuales cercanos al ordoliberalismo y la ESM, estaban los sociólogos y economistas Alexander Rüstow y Wilhelm Röpke, ambos muy conocidos en su momento y traducidos a distintos idiomas. Aquí nos centraremos en algunos de sus textos, puesto que sirvieron de puente entre una corriente y otra. Se encontrará un estudio sobre el papel desempeñado por el
ordoliberalismo y la ESM en la construcción del orden económico europeo de posguerra en Laval y Dardot (2013) y Beck y Kotz (2017). Si bien son escasas las investigaciones sobre la presencia de ambas corrientes en América Latina, hay importantes aportes en Boas y Gans-Morse (2009), Grondona (2013) y Haidar (2015).
3 Según Peck, junto a la Escuela de Chicago, el ordoliberalismo conforma uno de los proyectos más renovadores de mediados del siglo XX: “[M]ientras que la primera propugnaba la manifestación más precoz del proyecto teórico del neoliberalismo, los segundos representaban al ‘neoliberalismo realmente existente’ de la economía social de mercado” (Peck 2008: 25).
4 Debemos aclarar en este punto que el abordaje del mencionado corpus nos permite comprender una parte –y no más que una parte– del papel que desempeñaron tanto el ordoliberalismo como la ESM en la compleja historia del neoliberalismo. Existen estudios que abordan dicho papel desde una perspectiva diferente aunque no por ello incompatible con la perspectiva aquí desarrollada. Véase especialmente Hien y Joerges (2017) y Ptak (2008).
5 Sobre este aspecto, nos remitimos a Andrade (2019), Flew (2012), Méndez (2017a) y el clásico estudio de Lemke (2010). Para una crítica sobre la concepción foucaultiana del neoliberalismo, véase Wacquant (2012).
6 Hemos reconstruido las definiciones de Röpke sobre la masa y los procesos de masificación en Méndez (2017b).
7 Es necesario mencionar que, en el marco de la discursividad analizada, el término “centralización” conforma a su vez en una larga cadena de equivalencias con otros términos. El primero de ellos es el “colectivismo”, definido por Röpke como “el intento de reemplazar la economía de mercado libre por una economía dirigida o de mando” (Röpke 1949b: 64). A partir de este punto, el discurso ubica al keynesianismo, el socialismo, el comunismo y el nazi-fascismo en una misma línea evolutiva, siguiendo el “camino de servidumbre” del que hablaba Hayek (2011) y que también está presente en las modalidades de enunciación de los intelectuales adscriptos al ordoliberalismo y la ESM.
8 Como veremos a partir del próximo apartado, uno de los condicionamientos más importantes de esa modalidad enunciativa consiste en obturar toda posible discusión sobre el orden económico basado en la competencia de mercado (Haidar 2018).
9 Según Eucken, los pronósticos de Schumpeter sólo son posibles por una “hipostatización” del capitalismo, vale decir, por la conversión del mismo en un ser o sustancia con leyes y dinámicas propias: “Esta inadmisible operación lógica es característica del positivismo. Desde Comte y Saint-Simon hasta Sombart y Schumpeter, los positivistas han creído adecuado su programa para describir los hechos y opinan encontrar en éstos las leyes del desarrollo. No se dan cuenta de que hipostatizan, aun cuando la crítica ya lo haya señalado repetidas veces” (Eucken 1956: 293). En el mismo sentido, Erhard y Müller-Armack sostienen que “en su profecía sobre el colapso del sistema capitalista, Karl Marx se equivocó, pero la afirmación de otro economista, Joseph Schumpeter, causa una siniestra impresión en nuestra época” (Erhard y Müller-Armack 1981: 31).
10 Se trata sin duda de un punto importante para la historia de los debates que estamos abordando, sobre todo allí donde los citados argumentos sirven para inmunizar a la competencia de mercado de cualquier crítica al capitalismo de masas. Para un análisis más riguroso y exhaustivo, nos remitimos a Méndez (2014).
11 En tal sentido, Eucken asimila el hogar con la empresa en cuanto a sus formas de comportamiento económico. Esta asimilación se daría fundamentalmenteen un orden de competencia, donde tanto los hogares como las empresas elaboran sus planes económicos de manera autárquica, ateniéndose únicamente a los precios de mercado y sin contar con ninguna posibilidad de interferir en la conformación de los mismos: “la empresa y el hogar individual deben planear y actuar libremente. Los sujetos económicos no ejecutan órdenes, sino que buscan por sí mismos aquellas aplicaciones
de su propia fuerza de trabajo (…); por lo tanto, no existe subordinación, sino coordinación de los hogares y las empresas” (Eucken 1956: 347).
12 Sobre este punto, nos remitimos también a los análisis de Pierre Rosanvallon: “el seguro social cumple el papel de una especie de ‘transformador moral y social’ (…) funciona como una mano invisible que produce seguridad y solidaridad sin que intervenga la buena voluntad de los hombres” (Rosanvallon 26: 1995).
13 Para un abordaje de estos diagnósticos, véanse Haidar (2018) y Méndez (2014, 2017b). El término “ceguera sociológica” es habitualmente utilizado por Röpke y se inserta en toda una indagación histórica sobre las ideas sociales modernas. Esta indagación también se encuentra en la base de la ESM. Basta consultar la Genealogía de los estilos económicos de Müller-Armack, donde se identifica al origen de las ideas sociales modernas con las sectas protestantes que ocuparon el noroeste europeo durante los siglos XVI y XVII. Fue a partir de allí que se habría instaurado una forma “desapasionada” de evaluar los fenómenos sociales, haciéndolos asequibles a través de las técnicas de cálculo y la estadística: “De nuevas raíces y bajo el constante desalojo de las antiguas
instituciones comunales surgió un sistema de seguros que encerraba cada vez más elementos racionales: cálculo exacto de primas, estadística de los daños, cuadro estadístico de defunciones, cálculo de rentas, formación de reserva de capitales, etc.” (Müller-Armack 1967: 301).
14 Como señala Haidar a propósito de los intelectuales adscriptos al ordoliberalismo, “dejando de lado el problema de la satisfacción de las necesidades sociales básicas (que creían superado) y el tema de la desigualdad, la construcción ordoliberal de ‘lo social’ se focalizó sobre el problema de
la falta de satisfacción de las necesidades emocionales y espirituales de las clases desposeídas. (…) Esta observación se vinculaba con una crítica más general a la concepción antropológica que el liberalismo compartía con el socialismo, y cuyo error consistía en la sobreestimación de la razón y
del papel que desempeñan los intereses en el comportamiento humano” (Haidar 2018: 285). En el marco de esa crítica más general, habría entonces una serie de continuidades o equivalencias entre el liberalismo económico y las políticas sociales implementadas desde fines del siglo XIX. Hemos
analizado dichas continuidades en Méndez (2014).
15 Cabe aclarar que estos diagnósticos estaban fuertemente inscriptos en los debates de la época, donde también participaban algunas vertientes identificadas con el neocorporativismo y la democracia autoritaria. Según Donzelot, estas vertientes concebían a la separación entre el obrero
y el trabajo como parte de una “ruptura moral” relacionada con las políticas sociales propias del capitalismo de masas: “Para todos ellos, [el hecho de] colocar el interés obrero exclusivamente en el salario (…) engendraba una ‘desocialización’, un fortalecimiento del individualismo. (…) De esta manera, el obrero perdía su singularidad de productor orgánico para ingresar en una masa anónima hecha de individuos atomizados, cuyo aislamiento social, como su correlato –la fusión identitaria en una masa ciega–, se prestaba a las maniobras políticas de quienes harán del sistema de producción el único responsable de su insatisfacción básica” (Donzelot 2007: 121).
16 En términos de Laval y Dardot, “El aspecto arcaizante y nostálgico de este liberalismo sociológico no debe enmascarar el hecho de que con él se trata de responder a un problema crucial para el conjunto de los neoliberales. ¿Cómo rehabilitar la economía de mercado, cómo seguir creyendo en la plena soberanía del individuo en el contexto del gigantismo creciente en la civilización capitalista industrial y urbana?” (Laval y Dardot 2013: 124).
17 Dicho por Röpke en la traducción al inglés de Die Gesellschaftskrisis der Gegenwart [La crisis social de nuestro tiempo].
19 Según Laclau, el análisis de los antagonismos adquiere en cierta forma una “función revelatoria”, puesto que a través del mismo advertimos el carácter contingente de las identidades instituidas y aparentemente naturalizadas. En efecto, al interrumpir la institución de toda identidad plena, la presencia del antagonismo muestra esa identidad desde sus límites y sus singularidades históricas: “la estructuración interna de la identidad se muestra a través de aquello que la interrumpe y limita. Esta interrupción es decisiva, y es ella la que hace a la relación antagónica inasimilable a las lógicas con las cuales se ha intentado aprehenderla” (Laclau 2014: 150-151).

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